Un cura libre que no «pescó» en pecera

(José Ignacio Rivarés, en Ecclesia). Vaya por delante que, más que con tinta, estas líneas están escritas casi con lágrimas: de emoción por un lado, y de añoranza y agradecimiento por otro, al hombre que marcó mi vida, biografiado ahora en la editorial San Pablo por el periodista, escritor y catedrático emérito de la Universidad San Pablo CEU Juan Cantavella, otro de sus «hijos».

La vida de Manuel de Unciti (San Sebastián 1931-Madrid 2014) se puede resumir en tres palabras: sacerdocio, misiones y periodismo. Y aún habría que añadir una cuarta: amor. Amor a todos y a la Iglesia. Don Manuel, Manolo, trató de vivir y transmitir el Evangelio desde esas tres facetas. Y el profesor Cantavella, que fue testigo de ello, lo cuenta ahora en un libro estupendo porque —dice— «quienes conocimos de primera mano todo lo bueno que aportó a los demás, pensamos que no es justo que desaparezca su memoria». En 2014, el autor, exdirector del diario Menorca y miembro de la «Asociación Manuel de Unciti» (AMU), constituida en 2015, ya editó una antología de sus textos periodísticos titulada Manuel de Unciti. Pasión por una Iglesia renovada. La de este sacerdote fue, en efecto, «una vida para los demás». Y Cantavella lo constata, con acierto, ya en la primera línea de su libro. Luego, en casi 400 páginas y una docena de capítulos muy bien escogidos, pasa revista a sus orígenes familiares; a su formación en el seminario de Vitoria primero, y en Roma y en París después; a su trabajo como periodista; a sus pinitos como investigador en el campo de las misiones; a la animación misionera desde las OMP; a su labor de formación de periodistas cristianos en la Residencia Azorín, etc.

El «alma» de don Manuel

Cantavella ha captado el «alma» de don Manuel y su libro emocionará, sin duda, a quienes le conocieron de cerca, le trataron y le quisieron, que fueron muchos: solo por la Residencia Azorín pasaron unos 250 profesionales de la información, algunos de los cuales dirigen hoy importantes medios de comunicación de nuestro país. No obstante, aquellos que se acerquen de nuevas a su figura tampoco quedarán defraudados. Descubrirán ante todo a un hombre libre y comprometido que, con sus virtudes y defectos, como todos, actuó siempre rectamente y en conciencia; a alguien que no escondió nunca sus opiniones aun a sabiendas de que este o aquel planteamiento o comentario le podían costar el puesto, como a menudo sucedió; a un cura que se negó a sacrificar su libertad para hacer carrera en la Iglesia; a un vitalista empedernido; a un trabajador y a un evangelizador incansables…

«Nulla dies sine linea» (Ningún día sin escribir algo), solía decir, con Plinio el Viejo, a sus alumnos, antes de hablarles también de «el Tostao», aquel Alonso Fernández de Madrigal del siglo XV, obispo de Ávila, que ha pasado a la historia por lo abultado de su producción literaria. Pero más que a trabajar mucho, enseñó a trabajar bien, a ser críticos, a cuestionarse y a cuestionar, a ejercer la libertad…

Unciti quiso llegar al hombre de hoy, y para ello habló al hombre de hoy y con palabras del hombre de hoy. «Escribe para que lo entienda tu madre», aconsejaba. Hizo lo que no todos hacen: salió a «pescar» fuera de la pecera, fuera de los ambientes ya evangelizados. La CEE le otorgó en dos ocasiones el ¡Bravo!: en 1990 (Prensa) y en 2003 (Especial).

Ese fue Unciti. Y ese es el Unciti que recuerda y cuenta muy bien Juan Cantavella. Parafraseando al poeta: «Quien lo probó, lo sabe».

José Ignacio Rivarés

Ecclesia 4.014 (28 de diciembre de 2019) 47.