Un grito de amor dolorido

(Jesús Martínez Gordo, en Vida Nueva). El lector, cuando se adentra en La revolución pendiente, se topa con un texto apasionado y ágil, pero, sobre todo, escrito con amor dolorido. Apasionado, porque es la aportación de un laico que quiere serlo en una Iglesia corresponsable y sinodal. Y ágil, porque quien lo redacta es un periodista que sabe comunicar. Pero, sobre todo, escrito con amor, ya que es un bautizado que sigue a Jesús en la Iglesia con todas sus fuerzas. Y, a la vez, dolorido, porque en su andadura eclesial se encuentra con no pocos comportamientos, actitudes y decisiones que –desmedidamente autoritativos– no le gustan nada.

Gabriel Mª Otalora, urgido por la distorsión imperante entre, por un lado, un discurso teológicamente progresista y, por otro, posicionamientos excesivamente unipersonales, se asoma a la historia para ver por qué sigue teniendo tanto peso en la Iglesia esta manera de ejercer la autoridad. Y cree encontrarla en la centralidad que, durante demasiado tiempo, ha tenido la asociación entre el poder político y la Iglesia con la ayuda del Derecho (romano y canónico) por encima del Evangelio, es decir, de lo dicho, hecho y encomendado por el Nazareno.

Es cierto que en su trayectoria no han faltado los eremitas, los monjes, los santos y los mártires, pero no es menos cierto que, al final, casi siempre han acabado venciendo institucionalmente el encorsetamiento jerárquico y el clericalismo por encima de la radicalidad evangélica. No extraña que, como crítica reacción al nacionalcatolicismo en que ha cuajado recientemente tal alianza, haya irrumpido una lectura de la aconfesionalidad del Estado más en términos de laicidad excluyente y beligerante que de mutua colaboración: persiste la convicción en algunos colectivos sociales de que la religión es una losa impositiva de la que hay que liberarse. Y cuanto antes, mejor. Los daños previsibles de semejante “liberación” empiezan a ser notorios: privatización de lo religioso, desprestigio sistemático y anticlericalismo de baja o alta intensidad. Es el precio que hay que pagar (me temo que durante bastante tiempo) por tanta fusión, confusión y, lo que es peor, persistente imposición, durante los últimos pontificados, en nombre de la verdad católica.

El recorrido por la historia le lleva a estudiar el laicado en dos textos referenciales del Vaticano II: la constitución dogmática Lumen gentium y el decreto conciliar Apostolicam actuositatem. Si gracias al primero de los documentos, se asiste en el posconcilio al boom de los nuevos movimientos laicales (de todo signo y condición), gracias al segundo se ensaya un maquillaje de los de Acción Católica (general y especializada) no finiquitando la famosa cuarta nota, es decir, el preconciliar mandato de ser colaboradores en la misión propia del ministerio pastoral.

Pero, apuntada esta sorprendente ambigüedad conciliar –cuando no, contradicción–, hay que reconocer que lo más llamativo de todo es el “infarto teológico” que, fundando un clericalismo, da por buena la misma constitución dogmática Lumen gentium cuando proclama, por un lado, que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo (LG 10) y, por otro, que una intervención del laicado en el gobierno eclesial solo puede ser –al estar reservado en exclusiva a la jerarquía– en términos de mera colaboración (LG 36 y 37); un modo de argumentar que no aparece en lo referido al anuncio evangelizador, a la caridad y la justicia o a la celebración litúrgica. He aquí la raíz de una potente comprensión –partitiva y subordinante– de los bautizados al clero, de cuyo malestar se hace cargo Gabriel Mª Otalora en este libro, y que en el posconcilio ha cuajado en un larvado enfrentamiento entre un laicado que no encuentra razones teológicamente consistentes para semejante exclusividad y una jerarquía –sobre todo, con Juan Pablo II y Benedicto XVI– que la ha reforzado con uñas y dientes.

Un segundo libro

El lector podrá comprobar, como he adelantado, que tiene en sus manos un texto escrito por una persona capaz de captar lo fundamental y de decirlo con vivacidad y conocimiento, además de entretenidamente. Y también que, una vez leído, está pidiendo un segundo libro en el que, como oportuna y amablemente sugiere Juan María Laboa en el prólogo, se den a conocer algunos de los muchos ejemplos de autores –sobre todo, laicos– que han intentado sacar a la Iglesia de la noche del autoritarismo. Al no haberse alcanzado tal objetivo, siguen siendo referenciales. Por eso, hay que evitar que caigan en el olvido. Espero que la aportación de Gabriel Mª Otalora no se sume, con su grito, teológica y pastoralmente reivindicativo, a esta lista.

Jesús Martínez Gordo

Vida Nueva 3.117 (9 de febrero de 2019) 42.