Un lenguaje inculturado

(Jesús Martínez Gordo, en Vida Nueva). A lo largo de la historia de la Iglesia, han sido muy pocas las ocasiones en las que, como es perceptible hoy, se tiene la suerte de comprobar la legitimidad (y necesidad) de hablar de Dios de manera diferenciada y, a la vez, complementaria. Si nos atenemos a los lenguajes de los dos últimos papas, podemos apreciar un formato más veritativo y académico en Benedicto XVI y otro, más pastoral y social, en Francisco.

Pero también observaremos cómo el discurso de Ratzinger presenta indudables consecuencias eclesiales, morales y jurídicas, a menudo provocadoras (y no siempre bien recibidas), como hemos podido comprobar, por poner algunos ejemplos, en lo referente a la pastoral familiar, la moral sexual, la unicidad y universalidad de Jesús o la  docencia teológica. Y, a la par, podemos constatar cómo la manera de expresarse de Bergoglio –tan “escandalosa” o más que la de su antecesor– hunde sus raíces en verdades de un enorme calado evangélico y teológico, sin poder evitar rechazos de otros sectores. Reconociendo, por tanto, una cercanía formal entre ambos magisterios, no podemos obviar que son desigualmente significativos y diferenciadamente acogidos por la comunidad creyente y por la misma sociedad.

Más allá de los riesgos que rondan –y deben eludir– estas singulares formas de expresarse (el autoritarismo de la sola verdad o la volatilidad de la sola pastoral), es incuestionable la legitimidad de cada discurso, aunque no tanto su significatividad y consistencia. Sucede que la relevancia de cada pontificado se juega, en buena medida, en el acierto de lo que se acentúa como más definitivo del misterio de Dios entregado en Jesús. Y, por supuesto, en su articulación con las otras dimensiones que presenta dicho misterio.

Este Diccionario Bergoglio de Francesc Torralba ayuda a comprender la singularidad, consistencia y significatividad del lenguaje del actual Papa. Y, de paso, permite evaluar su cuestionamiento por algunos medios eclesiales, teológicos y sociales; en particular, por aquellos que, más atentos a la verdad de la revelación de Dios en el pasado que a su acogida en el presente o firmes partidarios del libre mercado, entienden que el magisterio de Bergoglio, porque acaba entregándose a los cantos de sirena de la secularidad, está rompiendo irresponsablemente con la tradición de la Iglesia y es demasiado “liberacionista”.

En el contexto de dicho debate, el autor selecciona treinta y dos vocablos que, cuidadosa y empáticamente presentados de manera alfabética, ceden el paso a algunos de los textos e intervenciones más relevantes en los que Francisco ha recurrido a ellos y que han sido ordenados de manera histórica.

Algunos pueden parecer más clásicos y conocidos, aunque no así su significado: casa común, cultura del encuentro, diálogo, fragilidad, misericordia, perdón, salida de sí. Sin embargo, la gran mayoría son originales y propios del actual Papa: acostumbramiento, Alzheimer espiritual, balconear, colonización ideológica, cultura del descarte, ecumenismo de la sangre, esquizofrenia espiritual, globalización de la indiferencia, mundanidad espiritual, periferias, primerear, psicología de la tumba, revolución de la ternura, sobrantes urbanos, etc.

Fantasía creadora

Nada mejor que adentrarse en las explicaciones introductorias y en la lectura de los textos seleccionados para captar la originalidad y verdad –argumentativa y profética– que canalizan dichos términos y expresiones. Y también la fantasía creadora que despliega Francisco para proponer un nuevo lenguaje que, por significativo en los tiempos que corren, es un admirable ejemplo de inculturación de la fe.

El lector tiene en sus manos un hermoso y equilibrado texto, que cuida la verdad (para disfrutar de ella) de un Dios cercano y su trascendencia (para reconocerle como diferente en su cercanía). Y en el que también es perceptible su “ninguneo” en los pobres, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados, migrantes o perseguidos. Ellos son la “carne” de Dios. Y en ellos, sus vicarios, no solo se le conoce, sino también se le abraza y echa una mano. Evangelio en estado puro.

No faltan quienes critican que esta manera de expresarse tiene poco recorrido o, como mucho, durará lo que este pontificado. A los que así piensen les invito a constatar la enorme importancia de los vocablos que, presentados y recogidos por Torralba, empiezan a ser aplicados en un texto altamente jurídico y de indudables consecuencias eclesiales y sociales: la constitución apostólica Veritatis gaudium (2018) sobre las Universidades y Facultades eclesiásticas. Un aviso para los navegantes más despistados.

Jesús Martínez Gordo

Vida Nueva 3.170 (21 de marzo de 2020) 44.