Un sacerdote conciliar

(Juan María Laboa, en Vida Nueva). Esta espléndida biografía aparece a los sesenta años del anuncio que Juan XXIII lanzó al mundo sobre la celebración de un concilio que, de hecho, ha marcado las vidas de los cristianos. Hay mucho trabajo en su formulación, tanto de datos como de reflexión, y, de hecho, se trata de la vida de Manuel de Unciti y de la historia eclesial de su tiempo.

Quienes convivimos con Unciti somos conscientes de que fue el prototipo de los sacerdotes españoles que en los años 60 y 70 se esforzaron por lograr una comunidad cristiana más cercana, más coherente en sus opciones sociales, mejor formada, más dialogante, menos clerical, más fraterna. Fue conciliar en el sentido pleno de la palabra y participó activamente en algunos cambios que forman parte importante de la Transición.

Estudió filosofía y teología, y recibió una estricta formación espiritual y sacerdotal en el Seminario de Vitoria, conocido en Europa por su exigencia intelectual y social y, especialmente, por la elaboración de una espiritualidad diocesana ejemplo de los seminarios de su tiempo. Poco después, estudió en Roma el tema que marcó en buena parte su vida: las misiones, la urgencia pastoral en las poblaciones no cristianas de África y Asia.

Amó las misiones y escribió infatigablemente sobre ellas, con pasión y conocimiento minucioso. Impactan de manera especial las páginas dedicadas a las vicisitudes y a los mártires en Argelia, Ruanda y El Salvador. En ellas aparece el mejor Unciti, entregado, generoso, sensible, identificado con la labor misionera de tantos sacerdotes y religiosos que, en los siglos XIX y XX, dedicaron su vida a poblaciones abandonadas y en situación miserable. Dada la situación del clero vasco actual en las diócesis del País Vasco, resulta digno de reflexión su volumen sobre los sacerdotes vascos en Angola y el Congo.

En sus escritos y conferencias describe con conocimiento y agudeza tres aspectos importantes del siglo pasado eclesial español y que retratan su carácter: el axioma del movimiento sacerdotal de Vitoria: “Sacerdotes siempre y solo sacerdotes”; la importancia de los medios de comunicación en el testimonio de los cristianos; y la recepción del Concilio en la Iglesia española. Unciti aceptó con entusiasmo y rigor el espíritu conciliar, denunció hasta el final el olvido y abandono de algunos de sus logros por parte de no pocos sacerdotes y se identificó con lo que supuso el cardenal Tarancón en la innovación eclesial. En sus páginas nos topamos con el significado y los frutos de la obra señera de Unciti: la Residencia Azorín, hogar de más de doscientos estudiantes de periodismo a lo largo de los años. El sacerdote, activista y propagandista, escritor y misionero, tenía un corazón de oro que se desparramó en muchas ocasiones, pero, sobre todo, con los jóvenes pupilos de la residencia que fundó casi por casualidad y que se transformó en su obra más querida y significativa. Sus libros, artículos y conferencias pasarán, pero el amor que derrochó en tantos jóvenes, hoy periodistas en activo en España, permanece en sus corazones y en sus escritos.

Juan María Laboa

Vida Nueva 3.161 (18 de enero de 2020) 45.