Una de esas figuras ejemplares que hacen posible que conservemos la fe en la humanidad

(PIDAL, en La Veu de Barcelona). En un siglo tan asendereado y sangriento como fue el XX, emergen algunas figuras ejemplares que hacen posible que conservemos la fe en la humanidad. Una de ellas es la del dirigente sudafricano Nelson Mandela. Condenado por el régimen racista de Pretoria, sufrió como millones de ciudadanos de raza negra de su país, la humillación del «apartheid» y su lucha contra esta injusticia le condenó a pasar 27 años de su vida injustamente encarcelado.

Cuando la sociedad afrikáner se dio cuenta de la inviabilidad del régimen y Mandela, liberado y convertido en símbolo de la lucha contra el racismo, fue elegido primer presidente de la nueva Sudáfrica, olvidó todos los agravios recibidos. «Desde el momento de su liberación, a lo largo de su presidencia y después de ella, se propuso mostrar a la gente que no abrigaba ningún sentimiento de reivindicación» dice Javier Fariñas en Nelson Mandela. Un jugador de damas en Robben Island, una biografía muy completa de este singular y carismático personaje en la que relata cómo fue posible que la democracia sudafricana se construyese prácticamente desde cero.

La biografía de Fariñas recuerda el espíritu de superación que demostró desde joven, la influencia que tuvo en su toma de posición tanto la aprobación de la carta del Atlántico, como la amistad con Sisulu, la creación con Oliver Tambo del primer bufete de abogados negros, la celebración en 1955 del Congreso de los Pueblos con representantes de todas las etnias, la tragedia de Sharpeville, que creó un abismo entre las comunidades, la salida de Sudáfrica de la Commonwealth, con el inicio de su aislamiento internacional. Así mismo relata las tensiones habidas a partir de entonces entre los partidarios de la lucha armada –que durante algún tiempo defendió Mandela– y de la resistencia pacífica.

Cuando se vio que todo aquello había llevado a Sudáfrica a un callejón sin salida y los dirigentes más clarividentes del Partido Nacional se avinieron a negociar, «los líderes blancos sudafricanos coincidían en reconocer la sorpresa que provocaba en ellos el carácter del que sería el primer presidente negro de Sudáfrica. Un carácter firme, pero afable, atento a los intereses y deseos del otro, capaz de empatizar, por mucho que el que tuviera sentado enfrente hubiera sido partícipe o impulsor de un régimen de terror e intimidación como el que se perpetraba en aquella nación».

PIDAL

La Veu de Barcelona (4 de marzo de 2019) 2.