Una personalidad única

(Pablo Calvo, en Trazos). Juan Cantavella publica Manuel de Unciti.Misionero y periodista, sobre quien fuera referente del periodismo religioso.

Manuel de Unciti y Ayerdi (San Sebastián, 1931-Madrid, 2014) llegó al periodismo como servicio a la Iglesia del posconcilio, necesitada de comunicar con las formas propias del avanzado siglo XX. Se puso al servicio, pues, de las personas más desfavorecidas para darles voz como «misionero de la palabra», sin necesidad de abandonar la urbe madrileña. Y esta tarea la ejerció practicando un periodismo riguroso y también audaz, más de lo que le hubiera gustado a la jerarquía de la Iglesia, que a menudo le mantuvo a distancia por su progresismo. Además, se volcó en un segundo objetivo vital tan importante como el anterior: formar a otras personas para que se convirtieran en ese mismo tipo de periodistas.

De este modo, el joven y animoso padre Unciti (Manolo, para todos aquellos que le trataron) dejó Roma y se convirtió con el tiempo en un referente del periodismo religioso en la España y la Iglesia de la segunda mitad de pasado siglo.

Ese ejercicio diario de acumular piedras sobre las que él logró construir un periodismo comprometido con la de verdad, con el ser humano siempre como centro de atención, se alimentaba de una personalidad única y de una energía inagotable, puesta al servicio de las Obras Misionales Pontificias y de las distintas publicaciones de las que se ocupó durante décadas. Su huella puede leerse en miles de artículos publicados en medios, religiosos y generalistas, que confirman que «si algo no hacía Manolo era esconder la cabeza».

También volcó esa energía y toda su generosidad en su gran herencia sentimental, la Residencia Azorín, el amplio chalé de la madrileña calle Rosa Jardón en el que convivieron varias generaciones de periodistas.

Muchos de ellos se reconocerán en las páginas de Manuel de Unciti. Misionero y periodista (editorial San Pablo), biografía «admirada pero rigurosa» como precisa su autor, Juan Cantavella, que fue presentada el martes en la sede de la Asociación de la Prensa de Madrid, con asistencia del obispo de Getafe, Ginés García Beltrán, presidente de la Comisión de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal. Uno de sus antecesores, Antonio Montero, arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, también periodista, sí resultó uno de los apoyos del padre Unciti.

Cantavella, uno de esos jóvenes que compartió tiempo y lecciones vitales en la Residencia Azorín, antes de compaginar su profesión periodística (’Ya’, ‘Menorca’) con la de profesor (catedrático emérito en la Universidad CEU San Pablo), no elude en el libro las facetas más controvertidas de Unciti, cuyo magisterio no siempre fue seguido por todos, y el complicado encaje que tuvo el religioso vasco en determinados sectores de la Iglesia. «Situarse en medio de la vorágine del franquismo y de la transición política», escribe Cantavella, «analizar la marcha de la Iglesia en décadas de tensiones, tomando postura y manifestando sus opiniones con libertad, no es un ejercicio que gustara necesariamente a todos».

Pero, sin duda, es esa forma de entender la vida y el periodismo la que le convirtió en un ser inolvidable y ejemplo para quienes le conocieron.

Pablo Calvo

Hoy, suplemento Trazos (25 de enero de 2020) 50.